“Toc, toc, toc”
- ¿Quién es?
- Quién va a ser… ¿me dejas entrar?
- No, mejor no.
- Y qué más te dará…
- Prefiero no verte la cara, si te soy sincera.
- Es la que tengo, nadie lo puede evitar.
- Eso dicen.
- Entonces ¿no me vas a abrir?
- No, no te abro.
- Venga mujer, me echas de menos, soy parte de ti. No me puedes repudiar así.
- Lo sé. No te repudio. No podría. Pero estoy mejor sin ti.
- Pero volveré, ya lo sabes.
- Sí, eso también lo sé.
- Y entonces, ¿Por qué te empeñas en alejarme?
- Porque mientras tenga fuerzas, no voy a permitir que me hagas daño.
- Ya te faltarán. Yo no me alejo de la puerta, ¿sabes? Aunque no me oigas.
- No me hace falta oírte, bien te conozco. Nadie me ha sido tan fiel como tú y nadie me ha robado tanto.
- Algo bueno te habré dado.
- Supongo, también dicen que de todo puede sacarse algo bueno. Pero hoy las cosas son distintas. Creo que ya no puedes enseñarme nada bueno. No quiero que pases, no insistas, no te voy a dejar.
- Y sin embargo, me hablas desde la puerta, sabiendo que nos separa sólo un frágil pedazo de madera.
- ¿Qué ganaría teniéndote miedo? Aunque nos separara un cristal fino como el hielo, si yo no quiero que pases, no podrás pasar.
- Ah, mira que valiente. No te mientas a ti misma, sabes perfectamente que cuánto menos haya de por medio entre nosotros, más cerca estás de abrirme. Si esta puerta fuera un cristal, no serías tan valiente. Siempre acabas flaqueando…
- Esta vez no. Ahora es diferente, ya te lo he dicho.
- ¿Y qué es lo que ha cambiado?
- Yo. He abierto los ojos. Nunca te tuve miedo, porque nunca me importó el daño que me hacías.
- Te contradices, chiquilla. Acabas de dar a entender que sí me tienes miedo.
- No tengo miedo a que estés ahí, detrás de la puerta. No tengo miedo a que existas y seas tan terrible. Pero sí que tengo miedo a lo que sé que vas a hacerme. Ya me lo has hecho suficiente como para saber lo que harás en cuanto te abra. Ya he recibido suficiente como para saber hasta dónde puedes llegar. Ya he tenido suficiente de ti.
- Vaya, yo estaba convencido de que no tenías límite.
- Eso creía yo también, pero te insisto, abrí los ojos. Ahora sé que tengo dos límites.
- ¿Dos? ¿Y cuáles son?
- El penúltimo y el último. Pero no voy a darte el gusto de verme derrotada.
- Jajaja, ya caerás.
- Quizá, pero hoy no. Vete ya.
- No me iré. ¿Cuántos días crees que te quedan ya? ¿Cuánto crees que podrás aguantar?
- No lo sé. Pero no me importa. Lo mismo me da uno que mil que un millón. Me importa el día de hoy. Y hoy te vas a quedar ahí y yo me voy ya, porque me aburres y aún tengo mucho que hacer.